La tecnología avanza sin cesar, y estamos acostumbrados a que en otras áreas e industrias las reducciones de costos sean asombrosas.
Quizás por eso comienzan a proliferar titulares periodísticos que anuncian una nueva tecnología capaz de reducir drásticamente los costos de construcción.
¡¡¡Ojalá fuera cierto!!!
La realidad es que la mayoría de los nuevos sistemas constructivos se enfocan en resolver la estructura y los cerramientos de los edificios, lo que, en el sistema tradicional, llamamos el hormigón y la albañilería. Estos representan entre el 40 % y el 50 % del costo total.
Sin embargo, el resto de los ítems y rubros que forman parte de las construcciones siguen siendo los mismos: instalaciones sanitarias, eléctricas, termomecánicas, de gas; carpinterías, revestimientos, muebles, artefactos, losa sanitaria, ascensores, entre otros. Todo este gran paquete, que representa aproximadamente el 50 % del costo restante, no ha tenido un cambio significativo en su totalidad.
Los últimos grandes avances tecnológicos impactaron en las instalaciones sanitarias, eléctricas y de gas, donde las cañerías metálicas fueron reemplazadas por materiales plásticos. Este cambio, especialmente en usos domiciliarios y en instalaciones de baja y media complejidad, simplificó enormemente el proceso constructivo y eliminó la necesidad de mano de obra altamente calificada.
Hoy, por ejemplo, podemos afirmar que la instalación de telefonía fija embutida y por cable es un criterio obsoleto. Lo mismo ocurrirá, en el corto plazo, con las instalaciones de porteros eléctricos.
En los últimos cinco años estamos presenciando una incipiente transformación en la construcción hacia la fabricación. Esto se refleja en la proliferación de talleres que fabrican tiny houses. Estas pequeñas empresas van creciendo y transformándose en fábricas emergentes con procesos más racionalizados.
Sin embargo, aún estamos lejos de un cambio que abarque a toda la industria.
Es cierto que la tecnología BIM ha revolucionado algunos procesos, como los talleres de carpintería, tanto metálica como de madera, convirtiéndolos en espacios automatizados. BIM organiza y sistematiza los procesos de diseño y fabricación, reservando la complejidad y el trabajo artesanal únicamente para el montaje. Sin embargo, conseguir operarios calificados para estas tareas, como carpinteros, herreros o soldadores, se ha vuelto cada vez más difícil. Esta escasez de personal impulsa el uso de tecnología en las fábricas, que poco a poco transforman nuestra industria.
A pesar de todos estos avances, el costo del metro cuadrado no ha caído significativamente. Para lograrlo, hace falta algo más que tecnología: necesitamos escala y estandarización.
Y aquí es donde nos enfrentamos al verdadero desafío:
¡¡¡Esa transformación no es solo tecnológica, es cultural!!!
Implica un cambio en la percepción de lo que debe ser una vivienda, especialmente en el caso de la vivienda social. Y nosotros, los arquitectos, tenemos una gran responsabilidad en esta tarea.
Siempre uso el mismo ejemplo: ¡a nadie le preocupa tener exactamente el mismo Audi Q5, del mismo año y color, que su vecino de enfrente! Sin embargo, un arquitecto se horrorizaría si ambos tienen la misma casa.
Pero ¿y si cambiamos esa mentalidad? La estandarización no debería estar reñida con la calidad, la estética o la funcionalidad. Así como los fabricantes de automóviles logran producir millones de unidades manteniendo altos estándares de diseño y eficiencia, nosotros debemos aprender a aplicar esos principios al diseño y la construcción. Un excelente ejemplo a seguir es el de los diseñadores industriales: Trabajan desarrollando productos de altísima funcionalidad, estética y calidad a costos, y precios, muy competitivos.
Debemos entender que, para reducir significativamente el precio de los productos que pueden y deben ser estandarizados, hay que fabricar como Toyota, que produce 100 millones de unidades al año, y no como Ferrari, que hace solo 10.000.
Los desarrolladores, los gobiernos, los arquitectos y diseñadores debemos replantearnos el concepto de personalización. Una vivienda no tiene que ser única para ser un hogar cómodo, eficiente y hermoso, todo esto no sirve si el producto es impagable o deja al 80% de la población no tiene una vivienda digna. (Dato de la Unión Internacional de Arquitectos (UIA)
Debemos encontrar un equilibrio entre la estandarización de componentes y el diseño adaptable, utilizando la tecnología como aliada para lograr tanto excelencia arquitectónica como eficiencia en los costos.
La vivienda del futuro no solo debe ser más asequible, sino también más sostenible y funcional. Pero para llegar allí, necesitamos un cambio en nuestras prioridades en nuestra cultura, como industria y como sociedad. La pregunta no es solo cómo reducimos costos, sino cómo lo hacemos sin sacrificar la calidad de vida de las personas.
En este sentido, los avances tecnológicos son solo una pieza del rompecabezas. El resto depende de nuestra capacidad para educar, innovar y, sobre todo, transformar nuestra forma de pensar.
Sergio Topor





