Hablar de sostenibilidad en la construcción y el real estate ya no es un valor agregado: es una necesidad. No solo para garantizar competitividad y valor a largo plazo, sino también para cuidar de las personas y del entorno. En ese punto exacto —donde la arquitectura se encuentra con la conciencia ambiental y la eficiencia del negocio— se ubica la mirada de Daniela Castro, Socia y CEO de JWA México, quien lidera proyectos con una convicción clara: construir con propósito.
Un propósito que atraviesa todo
El lema de JWA, “Make buildings better. For People. For Nature.”, sintetiza una filosofía que Daniela adopta como brújula. “Un edificio sustentable no solo es mejor por cómo se ve o cómo funciona, sino por el impacto positivo que puede tener en quienes lo habitan, lo construyen y lo rodean, así como en el entorno natural al que pertenece”, resume.

Para ella, la sostenibilidad no es una etapa ni una etiqueta: es una forma de pensar y actuar desde el primer trazo. En la dimensión humana —For People— implica integrar a todas las disciplinas del proyecto desde el inicio, generar sinergias y evitar retrabajos que elevan costos y desgastan procesos. En la obra, se traduce en cuidar la salud de los trabajadores, garantizar la calidad del aire, mantener estándares de seguridad e higiene y minimizar el impacto en las comunidades cercanas.
El componente ambiental —For Nature— se aborda con la misma profundidad. En JWA asesoran a sus clientes para crear edificios eficientes desde la estrategia, priorizando soluciones pasivas, materiales locales o reciclados y criterios de economía circular. “Integramos herramientas para medir y reducir las emisiones de carbono a lo largo de todo el ciclo de vida del edificio. La eficiencia no puede improvisarse: tiene que diseñarse”, explica.
Y agrega con realismo empresarial: “Tal vez falta en el slogan: For Business. Uno de los paradigmas más comunes es creer que ser sostenible siempre implica un mayor costo. En nuestra experiencia, eso no tiene por qué ser así. Cuando la sostenibilidad se integra desde el comienzo como parte del modelo de negocio y no como un extra, los beneficios —económicos, sociales y ambientales— se vuelven evidentes y medibles.”
Esa visión también se refleja al momento de elegir una certificación. Para Castro, lo esencial es entender qué se busca lograr: “Cada certificación responde a objetivos distintos, y entender esos objetivos es clave para tomar una decisión estratégica.” Muchas empresas se acercan a certificar por una cuestión de mercado o reputación, pero detrás de ese paso hay motivaciones más profundas: acceder a financiamiento verde, atraer inversionistas institucionales, demostrar compromiso ESG o respaldar con evidencia una estrategia ambiental.
En México, certificaciones como LEED, EDGE Advanced, WELL, BREEAM o EarthCheck forman parte de la Taxonomía Sostenible, lo que abre la puerta a condiciones de crédito preferenciales. En el sector vivienda, incluso permiten que los compradores accedan a hipotecas verdes. Cada sistema tiene su especialidad: LEED y BREEAM ofrecen un enfoque integral sobre eficiencia y operación; WELL y Fitwel se centran en salud, nutrición y bienestar; EDGE, creada por IFC, resulta ideal para economías emergentes por su agilidad y bajo costo; y EarthCheck se ha consolidado en turismo y hospitalidad.
A veces, combinar certificaciones potencia los resultados. “Podemos usar LEED o EDGE para reducir impactos ambientales y sumarle WELL o Fitwel para reforzar la salud y el bienestar. Lo importante es que la estrategia sea coherente y no duplique esfuerzos ni gastos innecesarios.”

Más allá del sello
Obtener una certificación es solo el comienzo. “Lo verdaderamente importante es que el edificio se diseñe, construya y opere con un enfoque integral de sostenibilidad, respaldado por datos y sistemas de seguimiento”, sostiene Daniela.
Para lograrlo, recomienda medir de forma continua el consumo energético, la huella de carbono, el uso del agua y su reúso, la calidad del aire interior, el confort térmico, lumínico y acústico, y la satisfacción de los usuarios. Las certificaciones que evalúan operación —como LEED Existing Buildings o BREEAM In-Use— ayudan a mantener esos indicadores vivos y actualizados.
También hay un argumento financiero ineludible. La sostenibilidad reduce costos operativos entre un 20% y un 40%, con retornos de inversión de 2 a 5 años. Al mismo tiempo, eleva el valor de mercado del activo y facilita el acceso a capital verde. “Mostrar resultados —aunque sean incrementales— es fundamental para ganar la confianza del equipo financiero y asegurar inversiones más ambiciosas a futuro”, apunta.
El enfoque de Dani abarca desde la gestión económica hasta la calidad de vida de los usuarios. La sostenibilidad también se mide en bienestar. “Una mejor calidad del ambiente interior no solo cuida la salud física y mental, sino que mejora la experiencia de estar en el edificio.” Por eso, destaca la ventilación y la calidad del aire, el confort térmico y acústico, la luz natural, el acceso a alimentos saludables, los espacios de descanso, la accesibilidad universal y las políticas organizacionales de bienestar. La evidencia es contundente: estos factores pueden elevar la productividad entre un 6% y un 11%, reducir el ausentismo y mejorar la retención de talento. “Lo que convence a la dirección es poder conectar estas medidas con datos concretos. Al final, los edificios saludables también son mejores negocios.”
Esa misma lógica se aplica a la descarbonización. En América Latina, el reto no es solo reducir el carbono operativo —vinculado al uso de energía— sino también el carbono incorporado en materiales. Este último, explica Castro, “es un costo hundido que ya no se puede revertir una vez que el edificio está construido”. Aunque hoy el carbono operativo representa cerca del 80% de las emisiones, esa proporción se invertirá con el tiempo, a medida que los edificios sean más eficientes y adopten energías renovables. “En el futuro, el carbono incorporado podría representar hasta el 70% del total. Por eso es vital considerarlo desde el diseño.”
Equilibrar ambos frentes implica exigir transparencia a proveedores, usar materiales locales de bajo impacto, diseñar con criterios de circularidad, prolongar la vida útil de los edificios y optar por la rehabilitación antes que la demolición. “Si queremos reducir el impacto del sector, no basta con construir mejor. Tenemos que descarbonizar lo que ya existe.”
En el plano operativo, el comisionamiento y el retrocomisionamiento permiten garantizar que los sistemas funcionen como fueron diseñados y detectar oportunidades de mejora. “Durante los procesos de ingeniería de valor suele recortarse calidad sin medir las consecuencias. Verificar el desempeño y medirlo en tiempo real evita esos desvíos y genera ahorros.” La medición constante, apoyada en sistemas inteligentes de gestión (BMS), ayuda a detectar fallas a tiempo y reducir costos.
Lo que viene
El futuro entusiasma, pero también desafía. Las metas hacia 2030 y 2050 son ambiciosas, y Daniela lo sabe: “Nos exigen actuar desde ya.” El primer gran objetivo es alcanzar la neutralidad de carbono (Net Zero) en todos los edificios hacia 2050. Para lograrlo, cada portafolio inmobiliario debe trazar un plan concreto de descarbonización que contemple tanto las emisiones operativas como las incorporadas.
Otra prioridad será el agua regenerativa, que va más allá de la eficiencia: implica reutilización, tratamiento local y reintegración a los ciclos naturales. La electrificación de sistemas y el uso de inteligencia artificial para la gestión predictiva y el monitoreo en tiempo real también serán herramientas clave. “Ya no se trata solo de recolectar datos, sino de usarlos estratégicamente para tomar decisiones más inteligentes y efectivas”, afirma.
Entre las tendencias que más la inspiran está la biodiversidad urbana. “Hablar de sostenibilidad sin considerar el equilibrio ecológico es incompleto. Integrar la naturaleza en la ciudad, conservar hábitats y promover soluciones basadas en la naturaleza es fundamental no solo para el medio ambiente, sino para la salud física y mental de las personas.”
Para Daniela, la sostenibilidad no es una moda ni un distintivo de marketing: es una manera de pensar el negocio, el diseño y el futuro. “Si un portafolio inmobiliario quiere estar preparado para 2030 o 2050, tiene que dejar de ver la sostenibilidad como un nice to have. Debe integrarla en su estrategia desde hoy, con planes de acción concretos, inversiones escalonadas y métricas claras.”Su visión resume un cambio profundo en la manera de hacer arquitectura: construir con propósito, donde las personas, la naturaleza y la rentabilidad no compiten entre sí, sino que se complementan.





