Lucas Salvatore reflexiona sobre industria, procesos y nuevas formas de pensar la vivienda en Argentina
Desde muy joven, Lucas Salvatore estuvo vinculado al mundo industrial. No llegó a la construcción desde la arquitectura ni desde el desarrollo inmobiliario tradicional, sino desde el taller, los procesos productivos y la lógica fabril. Esa formación temprana marcaría, años después, una manera distinta de pensar cómo se proyectan, producen y ejecutan las viviendas.
“Crecí en una familia de emprendedores industriales. En 1992, mis padres crearon, desde cero, una empresa metalúrgica para hacer estructuras metálicas, que fue creciendo. Apenas terminé el secundario, en el año 98, empecé a trabajar ahí y pasé por un montón de puestos, desde el taller hasta la oficina técnica. Eso me formó con una mirada muy industrial: entender procesos, tiempos, costos y, sobre todo, el valor del trabajo bien hecho”, relata.
Esa experiencia se profundizó con la creación de TDL, una empresa especializada en pisos de rejilla metálica utilizados en minería, puertos cerealeros e industria automotriz, y con proyectos de gran escala que le dieron una comprensión concreta de lo que implica producir con precisión y previsibilidad.
El punto de inflexión llegó tras un viaje a Estados Unidos en 2008. “En un viaje a Estados Unidos (…) recorrí varias fábricas de estructuras grandes que hacían edificios de acero y volví con una idea. Siempre me resultó extraño que la construcción fuera uno de los pocos sectores donde el proyecto, la ejecución y la industria estuvieran tan desconectados, y donde los plazos y los presupuestos fueran tan poco previsibles”, explica. Apostar por la construcción industrializada no fue un cambio abrupto, sino una evolución natural de ese recorrido.
Cuando la vivienda se piensa como proceso
Para Salvatore, industrializar implica cambiar la lógica desde el origen del proyecto. “Cambia todo. Cuando el proyecto es industrial, se piensa desde el inicio con lógica de proceso, de eficiencia, de control y de tiempo. El error deja de ser parte del sistema”, afirma. En contraste, observa que “en la construcción artesanal se toleran desvíos que en cualquier otra industria serían inaceptables”.
Esa mirada llevó a integrar diseño, ingeniería y fabricación dentro de un mismo esquema de trabajo. “Surgió por necesidad. Nos dimos cuenta de que si no integrábamos esas áreas, el sistema no funcionaba”, señala. Y agrega: “En la construcción tradicional, el arquitecto, el ingeniero y el constructor suelen trabajar desconectados, y eso genera ineficiencia”.
La diversidad de proyectos abordados reforzó una idea central. “Aprendimos que el tamaño del proyecto no cambia el problema de fondo. Hacemos desde módulos habitacionales de 18 m² hasta complejos de edificios de más de 35.000 m², y el hilo conductor siempre es el mismo: cómo construir mejor, más simple y más eficiente”. Para él, esa variedad obliga a una estructura profesional y flexible, pero con un norte claro.
Sobre la vigencia de los sistemas constructivos, su mirada es concreta: “Tiene que ser competitivo en costos, adaptable a distintos usos y responder a los cambios sociales y tecnológicos. La sustentabilidad ya no es un plus, va a ser una condición básica. Y el sistema tiene que permitir escalar, porque sin volumen no hay verdadera industrialización”.
Acceso, tecnología y nuevas lógicas de propiedad
En ese recorrido aparece Casa Propia, un programa que propone una forma distinta de organizar el acceso a la vivienda. “Nosotros construimos para el que va a vivir, y hoy la clase media no puede acceder a la vivienda con las herramientas tradicionales. Si no hay crédito, el sistema no funciona”, sostiene.
La propuesta permite comenzar a comprar una vivienda en fracciones, incluso sin contar inicialmente con un terreno, y habilita la entrega de la casa al alcanzar el 60% del valor. “Casa Propia busca devolverle a la vivienda su rol de proyecto de vida. No es solo un producto, es una herramienta para facilitar el acceso a la vivienda a la clase trabajadora y a los jóvenes (…) que vuelvan a creer que pueden llegar a tener su casa propia”, explica.
La incorporación de blockchain responde a una necesidad operativa concreta. “Blockchain es una herramienta que nos permitió resolver algo muy concreto: cómo generar contratos de venta pequeños, certificados por escribano, trazables y seguros sin costos administrativos imposibles”. Y agrega: “Es un modelo totalmente replicable en la región, porque (…) el problema de acceso a la vivienda no es solo argentino”.
En paralelo, Salvatore observa cambios claros en la forma de habitar. “Hoy las personas valoran la flexibilidad, la rapidez y la sustentabilidad. Esperar dos años para una casa empieza a parecer absurdo, sobre todo para los más jóvenes”. En ese sentido, la construcción modular dialoga con nuevas expectativas: crecer por etapas, reducir mantenimiento y adaptarse a distintos momentos de la vida.
Un sistema que busca dejar huella
Al mirar este lanzamiento dentro de su recorrido, Lucas Salvatore lo define con claridad: “Desde lo personal, es coherencia. Siempre creí que se podía construir mejor y que la empresa tenía que generar impacto real”. Y concluye: “Desde lo profesional, es uno de los desafíos más grandes que encaramos”.
Más allá de modelos, tecnologías o sistemas constructivos, su mirada pone el foco en algo más profundo: la posibilidad de volver a pensar la vivienda como un proyecto alcanzable, construido con lógica, previsibilidad y propósito. En un contexto donde muchas respuestas parecen frágiles, la apuesta por procesos sólidos abre una pregunta de fondo: qué pasa cuando la forma de construir empieza, de verdad, a acompañar la forma de vivir.





