En un contexto donde la sostenibilidad y la calidad de vida se han convertido en prioridades ineludibles, el urbanismo centrado en las personas aparece como una respuesta necesaria. Conversamos con Emma Grün Lorío, Líder Regional de Planificación y Diseño Urbano en Gensler Latinoamérica, para explorar cómo las ciudades pueden transformarse en espacios más humanos, inclusivos y resilientes. Desde la planificación regional hasta los pequeños detalles del espacio público, su mirada integra sostenibilidad, innovación y comunidad.
¿Cómo definirías un “urbanismo centrado en las personas” y qué aspectos consideras esenciales para lograrlo?
Hoy, hablar de urbanismo centrado en las personas es hablar de responsabilidad a largo plazo. Ya no se trata solo de atender lo urgente o resolver déficits inmediatos, se trata de hacernos cargo de un futuro que probablemente no vamos a vivir en primera persona, pero que otras generaciones sí van a habitar todos los días. Eso cambia por completo la forma de diseñar.
Significa reconocer que cada decisión sobre suelo, agua, movilidad, densidad, espacio público o infraestructura impacta la vida cotidiana de personas que quizá nunca conoceremos, y lo hará durante décadas. Un urbanismo centrado en las personas no diseña solo para el presente ni únicamente para el mercado: diseña para la vida que viene, con una mirada de cuidado, equidad y adaptación climática. Eso, hoy, es profundamente político y humano.
Desde tu experiencia, ¿cuáles son los principales retos que enfrentan las ciudades latinoamericanas para avanzar hacia un desarrollo urbano sostenible?
Tenemos ciudades profundamente desiguales, altamente expuestas al cambio climático y aún planificadas bajo lógicas de corto plazo. Seguimos expandiéndonos sin infraestructura suficiente, sin transporte público masivo, sin espacio público de calidad y sin respetar los sistemas naturales. El gran reto no es solo técnico: es también político, institucional y cultural. Nos cuesta tomar decisiones impopulares hoy para evitar crisis mucho más severas mañana.
En muchos países de la región el crecimiento urbano ha sido desordenado. ¿Qué estrategias pueden ayudar a reconectar la planificación con las necesidades reales de las comunidades?
Lo primero es reconocer que el crecimiento desordenado no es solo un problema técnico, sino el resultado de planificar, demasiadas veces, de espaldas a la vida real de las personas. Reconectar empieza por volver al territorio con datos, lectura social y diálogo, no solo con planos. Implica priorizar la densificación bien ubicada sobre la expansión periférica, mezclar usos en lugar de segregar, invertir en transporte público y movilidad activa antes que en más infraestructura vial, y apostar por la regeneración de los barrios existentes en vez de seguir consumiendo suelo.
Pero también exige asumir algo más profundo: todo proyecto urbano es una promesa al futuro. Una calle promete seguridad o riesgo. Un barrio promete salud o exposición. Un sistema de movilidad promete acceso o exclusión. Aunque los horizontes financieros sean cortos, las consecuencias físicas y sociales son largas. Lo que hoy definimos en términos de densidad, cobertura, materialidad, agua, energía, transporte o espacio público marcará la vida cotidiana de personas que nunca conoceremos. Reconectar la planificación con las comunidades es, en el fondo, tomarnos en serio esa promesa y diseñarla con responsabilidad, no solo con eficiencia.
¿Qué rol juegan los espacios públicos en la construcción de ciudades más humanas y sostenibles?
El espacio público es el escenario donde la ciudad se vuelve verdaderamente colectiva. Es donde se ejerce el derecho a la ciudad. Un parque, una plaza, una calle bien diseñada pueden reducir desigualdades, mejorar la salud, fortalecer la seguridad, activar la economía local y construir identidad. Desde ahí se mide, sin filtros, qué tan en serio una ciudad se toma a sus personas.
Pero hoy el espacio público también es infraestructura climática. Bien diseñado, maneja agua, reduce calor, aumenta biodiversidad y mejora el confort urbano. Es una de las herramientas más potentes, y subutilizadas, que tenemos para adaptarnos al cambio climático desde la vida cotidiana. Por eso, ya no puede entenderse como un “vacío entre edificios”, ni como un residuo del proyecto.
¿Cómo puede la infraestructura urbana contribuir a reducir desigualdades sociales y mejorar la calidad de vida?
La infraestructura urbana incide directamente en la vida cotidiana de las personas y, por lo tanto, en la reproducción o reducción de las desigualdades. En la práctica, define quién tiene tiempo y quién lo pierde, quién accede a oportunidades y quién queda al margen. Un sistema de transporte público eficiente conecta a las personas con empleo, educación y servicios. El acceso al agua segura reduce enfermedad. La energía confiable da estabilidad a los hogares. Cuando la infraestructura es insuficiente, desigual o inestable, la brecha social se profundiza.
Hoy, además, esa infraestructura debe responder a un segundo desafío crítico: el climático. Durante mucho tiempo entendimos la resiliencia como resistencia: muros más altos, tuberías más grandes, materiales más fuertes, pero esa lógica ya no es suficiente. Resistir no es lo mismo que adaptarse. La infraestructura que realmente mejora la calidad de vida es la que anticipa extremos climáticos, se integra como sistema (agua, energía, movilidad, paisaje) y tiene capacidad de ajustarse, recuperarse y mejorar con el tiempo.
Cuando la infraestructura se concibe así, no solo reduce vulnerabilidades, sino que protege con mayor fuerza a quienes históricamente han estado más expuestos y crea condiciones más justas para vivir mejor hoy, sin poner en riesgo el mañana. Ahí es donde la infraestructura se convierte en una verdadera herramienta de equidad territorial.
La sostenibilidad a menudo se asocia con lo ambiental. ¿Qué otros ejes —económicos, sociales, culturales— deberían integrarse en la planificación urbana?
La sostenibilidad real es ambiental, pero también social, económica y cultural. Una ciudad no es sostenible si excluye, si borra identidades, si genera empleo precario o si concentra oportunidades en pocos lugares. Vivienda asequible, movilidad digna, economía local, espacio público, seguridad y arraigo están tan relacionados con la sostenibilidad como el agua o la energía.
Además, preparar las ciudades para el futuro ya no puede recaer en un solo actor. Arquitectura, urbanismo, ingenierías, paisaje, desarrollo, sector público, construcción, proveeduría y financiamiento codiseñan la resiliencia de la ciudad. El desempeño futuro urbano es una coautoría colectiva, y ahí existe una enorme oportunidad: alinear propósito público con capacidad privada para elevar estándares y crear impacto real.
¿Qué ejemplos inspiradores de proyectos urbanos o regionales destacarías en los que se haya logrado un equilibrio entre sostenibilidad, innovación y comunidad?
Lo más interesante es que muchos de los casos más potentes de la región nacen desde condiciones difíciles, no desde contextos ideales. Vemos recuperación de ríos que transforman bordes urbanos completos, parques metropolitanos que reequilibran sistemas ambientales y sociales, transporte integrado que redefine acceso a oportunidades, y barrios que se regeneran con el espacio público como verdadero motor de cambio.
También hay avances muy valiosos en turismo, industria y nuevos desarrollos que ya integran criterios ambientales y sociales desde el origen, no como un “extra”. Más que copiar modelos, lo que estos casos nos enseñan es que el verdadero reto es tener el coraje de adaptar bien los principios al contexto local. Ahí es donde ocurre la innovación real.
¿De qué manera las nuevas generaciones están influyendo en cómo pensamos y diseñamos las ciudades del futuro?
Las nuevas generaciones están cambiando las reglas del juego. Son más conscientes del cambio climático, más críticas frente a la desigualdad y mucho más exigentes con la calidad de los espacios que habitan. Ya no aceptan pasar horas en presas, vivir lejos de todo o normalizar ciudades hostiles. Buscan cercanía, naturaleza, diversidad, espacio público, movilidad activa, flexibilidad y bienestar.
Esto está empujando a transformar tanto la forma de planificar como los modelos de desarrollo. Obliga a repensar densidades, mezclas de uso, tipologías, movilidad y espacio público, pero también cómo se invierte, cómo se regula y cómo se mide el éxito de un proyecto. En el fondo, las nuevas generaciones están acelerando una transición que igual iba a ocurrir, pero hoy ya no se puede postergar.
¿Qué aprendizajes puede tomar Latinoamérica de experiencias internacionales en sostenibilidad urbana, y qué puede aportar nuestra región al mundo?
Latinoamérica puede aprender mucho sobre gobernanza, financiamiento, métricas de impacto, uso de datos y políticas públicas integradas. En muchos contextos internacionales ya se está trabajando con mayor alineación entre planeamiento, inversión y gestión a largo plazo, y eso es clave para escalar soluciones.
Pero nuestra región también tiene muchísimo que aportar. Tenemos una capacidad enorme de adaptación, una relación profunda entre ciudad, paisaje y cultura, y una experiencia única diseñando desde la complejidad, la informalidad y la escasez. Desde ahí surgen soluciones híbridas, más flexibles y más humanas, que el mundo hoy necesita. No solo podemos importar modelos: también podemos exportar inteligencia territorial con identidad propia.
Si tuvieras que resumir en tres prioridades para los próximos diez años, ¿cuáles serían las claves para transformar nuestras ciudades en lugares más habitables y resilientes?
Primero, resiliencia climática integrada desde el origen: que cada decisión urbana, desde el suelo hasta la infraestructura, incorpore riesgo, agua, energía, calor y biodiversidad como variables estructurales, no como capas tardías.
Segundo, equidad territorial real: dejar de concentrar calidad urbana solo en ciertos enclaves y llevar espacio público, movilidad, servicios y oportunidades a más territorios y a más personas.
Tercero, vida cotidiana y espacio público como núcleo del diseño urbano: porque es ahí donde se juega la salud, la seguridad, el encuentro, la identidad y el bienestar diario. En el fondo, todo se resume en que ya no diseñamos solo para resolver el presente. Diseñamos para un futuro que probablemente no veremos, pero que otras generaciones van a habitar todos los días. Y esa conciencia debería cambiar de raíz la forma en que tomamos decisiones hoy.





