En un mercado donde encontrar una propiedad puede ser tan agotador como mudarse, una idea surgida desde Córdoba propone algo distinto: que los portales inmobiliarios nos entiendan cuando hablamos en nuestro propio idioma. Gaspar Bullano, creador del buscador con inteligencia artificial, pensó que, si ya usamos el celular para pedir comida, chatear o planear un viaje, también deberíamos poder buscar una casa escribiendo algo tan simple como “quiero un departamento luminoso en Palermo para alquilar un año”. El sistema que desarrolló interpreta frases escritas en lenguaje natural, detecta ubicaciones, tipo de propiedad, intención y características, y devuelve resultados acordes, incluso si hay errores de ortografía o palabras poco usuales. “Los filtros tradicionales te obligan a pensar como una base de datos. Queríamos que la experiencia se pareciera más a una conversación que a un formulario”, explica Bullano.
Esa búsqueda más humana no elimina el trabajo del corredor inmobiliario, sino que lo complementa. La IA no negocia ni asesora, pero sí reduce la fricción entre lo que el usuario dice y lo que realmente está buscando.
Un mercado en movimiento
La innovación llega en un momento de reactivación. Según un informe de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE), en marzo de 2025 el precio promedio de oferta de departamentos en la Ciudad de Buenos Aires fue de US$ 2.362 por m², con picos que superan los US$ 3.300 en zonas como Palermo, Recoleta o Belgrano. En paralelo, las escrituras subieron casi 94 % interanual en febrero, un dato que marca el regreso de la demanda y un nuevo dinamismo después de años de parálisis.
Con más movimiento, también llegan más datos: millones de publicaciones, fotos y descripciones que varían en formato, calidad y terminología. En ese mar de información, la inteligencia artificial se convierte en una aliada capaz de ordenar, interpretar y aprender. No se trata solo de automatizar tareas, sino de entender el sentido de las búsquedas. En Argentina, donde una misma propiedad puede describirse con palabras como “pileta”, “piscina” o “tanque australiano”, lograr que una máquina comprenda esas diferencias es casi un desafío lingüístico.
Bullano lo resume así: “La IA no reemplaza el olfato del corredor, lo potencia. Detecta patrones que una persona no podría ver, pero el humano sigue siendo quien interpreta y acompaña al cliente”.
El verdadero cambio no está solo en la tecnología, sino en la manera en que pensamos la experiencia inmobiliaria. Durante décadas, el proceso de búsqueda fue rígido: ubicación, precio, ambientes. Hoy, los usuarios quieren hablar de sensaciones: luz natural, espacios para teletrabajar, zonas caminables, buena conectividad.
Una encuesta reciente muestra que seis de cada diez compradores priorizan la cercanía a servicios, transporte y áreas verdes por encima de los metros cuadrados. La IA permite captar esas intenciones, incluso cuando el usuario no las explicita.
Aun así, Bullano es claro: los algoritmos no deciden por las personas. Los modelos de lenguaje predicen y asocian palabras, pero no tienen conciencia ni emociones. “Elegir una casa o un departamento involucra gusto, intuición y contexto. La decisión final siempre será humana”, afirma.
Nuevas habilidades, viejas certezas
Mientras las herramientas evolucionan, también lo hace el perfil del profesional inmobiliario. Bullano cree que los corredores del futuro deberán incorporar nociones de datos y estadística, sin perder lo esencial: empatía, comunicación y confianza. “La IA será una herramienta indispensable, pero el factor humano seguirá siendo decisivo”, asegura.
En un país donde la construcción se encarece y el acceso a la vivienda sigue siendo un tema sensible, la tecnología aparece como un aliado para mejorar procesos, transparentar información y reducir tiempos. Pero lo más interesante quizá sea que, por primera vez, las plataformas empiezan a escucharnos como hablamos, con nuestras palabras, errores y emociones.
Y ahí está el verdadero salto: no en reemplazar personas por algoritmos, sino en usar la tecnología para volver a poner a las personas en el centro de la experiencia.





