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La energía renovable como ventaja competitiva en la construcción


Energía renovable al alcance de los proyectos inmobiliarios: la generación distribuida como motor de cambio en la región.

Marcelo Álvarez, referente con años de trayectoria en energías renovables, comparte su visión sobre cómo la generación distribuida está transformando la forma en que producimos y consumimos electricidad. Una mirada regional sobre los avances, desafíos y oportunidades para desarrolladores y constructores que buscan proyectos más sostenibles y con valor agregado.

En un mercado cada vez más exigente, los desarrolladores y constructores buscan diferenciar sus proyectos con propuestas que combinen eficiencia, innovación y sostenibilidad. La incorporación de energía renovable aparece como una de las herramientas más concretas para lograrlo. No se trata solo de un beneficio ambiental: también puede reducir costos operativos, mejorar la competitividad frente a compradores cada vez más conscientes y abrir nuevas oportunidades en mercados internacionales.

Como explica Marcelo Álvarez, la clave está en transformar al usuario de energía en un actor activo del sistema. “Ya no es un consumidor pasivo: puede inyectar y tomar energía de la red, reduciendo pérdidas y beneficiando a toda la cadena”.

Un diferencial para cada segmento

La generación distribuida —es decir, la autogeneración de energía renovable conectada a la red— trae consigo ventajas que varían según el contexto, pero que en todos los casos ofrecen un diferencial claro para el mercado inmobiliario.

Uno de los beneficios más inmediatos es el mejor desempeño en el etiquetado energético, donde los países con normas más avanzadas reconocen a los proyectos que integran energías limpias. Esto representa una ventaja competitiva tanto para desarrollos residenciales como comerciales e industriales.

También hay un impacto directo en costos. “Con una inversión relativamente pequeña en cada unidad funcional, baja el costo de mantenimiento de la vivienda en forma drástica”, subraya Álvarez. El repago de esa inversión depende de las tarifas locales y de los subsidios, pero en Argentina, por ejemplo, puede lograrse en tres o cuatro años en Córdoba y entre siete y diez en el Área Metropolitana de Buenos Aires. En gran parte de Latinoamérica, donde las tarifas tienen menos subsidios, los plazos suelen ser aún más cortos.

Este diferencial no se limita a un público específico. En barrios privados y proyectos premium aporta valor de mercado y marketing verde; en desarrollos sociales, reduce el gasto energético mensual de las familias y mejora la calidad de vida.

Además, el efecto trasciende lo económico: al instalar un sistema renovable, los usuarios adquieren mayor conciencia sobre su consumo energético. Estudios en diversas ciudades muestran que quienes generan su propia electricidad racionalizan el uso de electrodomésticos y desplazan consumos a horarios de menor costo, lo que optimiza su balance y reduce emisiones.

Regulación, tecnología y tendencias

La experiencia regional demuestra que los países más avanzados no lo son por tener más sol o por contar con paneles más baratos. “Brasil está muy por delante del resto, seguido de Chile, México y Colombia. Lo que hace la diferencia no es el recurso solar, sino el financiamiento, el marco regulatorio y la actitud de las distribuidoras frente a la interconexión de los sistemas”, explica Álvarez.

El desafío, entonces, está en los detalles: medidores, acometidas, nodos de conexión y los tiempos de respuesta de las distribuidoras. Aunque casi todos los países tienen normas que habilitan la generación distribuida, la implementación suele trabarse en la práctica cuando las empresas locales demoran o complican los procesos.

En cuanto a tecnología, el panorama es claro: el 98% de las instalaciones en la región son solares fotovoltaicas. Se trata de un sistema confiable, sin partes móviles y de bajo mantenimiento. En mercados con tarifas diferenciadas por horario ya se está sumando almacenamiento con baterías, mientras que otras fuentes, como la microhidráulica, la geotermia o la eólica, se mantienen marginales.

Costos, experiencias internacionales y futuro

El impacto en el costo por metro cuadrado es mínimo. Según Álvarez, “en general no pasa del 0,5%”, lo que representa un incremento marginal frente al valor agregado que aporta. Ese pequeño porcentaje se traduce en una baja significativa de los costos operativos de la vivienda y en un argumento de venta sólido: el término “vivienda sostenible” deja de ser un recurso de marketing y pasa a ser una realidad tangible.

Al mirar hacia el exterior, Alemania y España ofrecen algunos de los mejores ejemplos, donde la generación distribuida se popularizó tanto que hoy es posible comprar sistemas solares en supermercados, listos para instalar incluso en balcones. En la región, Brasil lidera con más de 43 GW instalados, de los cuales el 75% corresponde a sistemas residenciales. “Esos modelos mejoran el flujo económico de la vivienda porque le ahorran dinero al usuario respecto de la cuenta de la distribuidora”, remarca.

Entre los modelos innovadores, Álvarez destaca el canadiense, que implementó un sistema de scoring con inscripción online y bajos costos de certificación, lo que disparó el crecimiento en la provincia de Ontario. Este sistema permite mejorar las tasas de financiamiento a los instaladores más eficientes y penalizar a aquellos con problemas de calidad o seguridad.

Para los constructores que quieran dar el paso hoy, la posibilidad es real. En Argentina, la Ley 27.424 establece un marco federal que, dependiendo de la adhesión de cada provincia y distribuidora, permite avanzar con relativa sencillez. “El trámite es fácil y, en general, lo lleva adelante la empresa instaladora que asesora al constructor y puede ofrecer un servicio llave en mano”, explica Álvarez. Aunque ya no existe el fondo FODIS que subsidiaba parte de la inversión, el esquema sigue disponible en 14 provincias y en toda el Área Metropolitana de Buenos Aires.

De cara al futuro, el gran cambio vendrá de la mano del almacenamiento. “Lo que más va a transformar el modelo actual es el almacenamiento”, anticipa Álvarez. Hoy, las baterías aún representan un costo inicial elevado, pero se espera que en pocos años sean accesibles para el uso residencial, tal como sucede ya en Estados Unidos con productos como Powerwall. El almacenamiento permitirá gestionar cuándo inyectar o autoconsumir, aprovechar tarifas diferenciales y, sobre todo, estabilizar las redes. Chile, Brasil y México ya avanzan con proyectos de gran escala, mientras que Argentina realizó su primera licitación de almacenamiento en el AMBA, para equilibrar la red y evitar cortes desde 2027 en adelante.


La energía renovable aplicada en la construcción no es un lujo, sino una oportunidad concreta para sumar valor a los proyectos. Permite reducir costos, mejorar la competitividad, responder a la demanda creciente de sostenibilidad y, sobre todo, preparar al sector para un futuro donde las exigencias internacionales en materia de emisiones serán cada vez más estrictas.

Como concluye Álvarez, se trata de “un cambio de paradigma” en el que los usuarios, las comunidades y los propios desarrolladores dejan de ser espectadores y se convierten en protagonistas de la transición energética.

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