Tracy Dunstan, Commercial Executive en AlmaSur y Procentro, analiza con precisión y sensibilidad cómo el Real Estate corporativo en Chile atraviesa una etapa de transformación profunda. Entre el ajuste económico, la madurez del mercado y la búsqueda de sostenibilidad, su mirada refleja un equilibrio entre realismo y visión de futuro.
“Chile está viviendo una corrección profunda. Después de una década de crecimiento sostenido, el mercado inmobiliario entró en una etapa de madurez forzada”, afirma. El acceso al crédito hipotecario se volvió una barrera real, los costos de construcción se dispararon y el poder adquisitivo se contrajo. En ese contexto, las decisiones de compra “se volvieron más racionales y menos emocionales. Las familias ya no compran por aspiración, compran por estabilidad”.
En Santiago, ese cambio se traduce en un reordenamiento natural, con precios estabilizados y proyectos centrados en la eficiencia. A la vez, crece la demanda en regiones impulsada por el teletrabajo y la búsqueda de calidad de vida. Para Dunstan, no se trata de un colapso sino de un proceso de consolidación: “Lo que viene ahora es un ciclo donde sobrevivirán las inmobiliarias con gestión, propósito y datos, no solo con metros cuadrados.”
Espacios inteligentes y sostenibles: menos mármol, más humanidad
En el ámbito corporativo, Chile sigue la tendencia global: “menos metros, más inteligencia”. Las empresas están migrando de espacios tradicionales a entornos que combinan flexibilidad, sostenibilidad y bienestar. “La oficina dejó de ser una obligación y se transformó en un punto de conexión, de cultura y de experiencia”, destaca. En ese sentido, el diseño, la eficiencia operativa y el entorno pesan tanto como la ubicación. “El espacio hoy no solo representa la marca: la refleja.”
La sostenibilidad también cambió de lugar en la agenda: “ya no es una promesa verde, es una hoja de balance”. Las empresas y los inversionistas, dice, “dejaron de preguntar por el color del sello y empezaron a mirar el consumo real, el confort térmico y el costo operativo”. La reciente Calificación Energética de Viviendas “marcó un antes y un después: el mercado entendió que la eficiencia se mide, no se declama”.
Los clientes hoy valoran materiales que duren más y contaminen menos: madera laminada, estructuras modulares, iluminación inteligente y soluciones de bajo carbono. Pero lo más importante, asegura, está en el cambio de mentalidad. “Un edificio sustentable no solo ahorra energía, ahorra reputación. Es una declaración silenciosa de cómo una empresa entiende el futuro: no como una tendencia, sino como una responsabilidad financiera, social y ambiental.”
En esta nueva lógica, la conectividad se volvió clave. “Ya no se trata solo de estar bien ubicado, sino de estar bien conectado.” La expansión del Metro, los nuevos anillos viales y la infraestructura logística redefinieron el mapa de la inversión en Santiago. “Un minuto menos en traslado o un acceso directo a la autopista se traducen en productividad, plusvalía y calidad de vida.” La próxima ventaja competitiva del sector, asegura, no estará en el diseño ni en el metraje, “sino en el tiempo que le ahorres a las personas”.
Las tendencias internacionales también influyen, pero ya no como modas importadas. “Hoy los espacios corporativos dejaron de ser vitrinas para transformarse en ecosistemas que respiran bienestar y propósito.” El diseño biofílico —la integración de naturaleza, luz natural y confort— se volvió parte del ADN de los proyectos. “Ya no basta con tener oficinas bonitas: tienen que ser saludables. Menos mármol, más humanidad.”
Del control a la conexión: una década de reinvención
La pandemia terminó de redefinir el sentido de los espacios de trabajo. “Nos obligó a preguntarnos para qué servía realmente una oficina, y la respuesta cambió todo.” El gran aprendizaje fue que la flexibilidad dejó de ser tendencia para convertirse en estructura. “Hoy las empresas entienden que los espacios deben adaptarse a las personas, no al revés.”
El trabajo híbrido reconfiguró la productividad y dio lugar a oficinas con menos densidad y más áreas colaborativas. También instaló una conciencia nueva: “El bienestar —aire, luz, ergonomía, pausa— no es un lujo, es retención de talento.” Desde el punto de vista inmobiliario, esto implica un cambio de paradigma: “ya no basta con arrendar metros, hay que ofrecer experiencias”.
En esa línea, la digitalización no vino a reemplazar, sino a potenciar al agente inmobiliario. “La digitalización no llegó a reemplazar al agente inmobiliario, llegó a volverlo más inteligente.” Las PropTech ya son parte del ecosistema, y permiten decisiones basadas en datos, precisión y personalización. Sin embargo, aclara: “La verdadera revolución no es tecnológica, es humana. El PropTech te dice quién podría comprar; la intuición y la conversación te dicen por qué.”
Esa filosofía se refleja también en los desarrollos de Procentro, donde Dunstan lidera la expansión de un modelo que combina infraestructura moderna, servicios integrados y comunidad. “Procentro nació con una idea simple pero potente: los centros de negocios pueden ser mucho más que bodegas. Queremos que sean verdaderos espacios de conexión.” Los proyectos incorporan zonas verdes, locales comerciales, áreas deportivas y espacios de bienestar. “Los centros de negocios del futuro no se definen por los metros cuadrados que ocupan, sino por el valor que generan a su alrededor.”
Chile, por su parte, sigue siendo un destino atractivo para la inversión. “Más allá de los ciclos políticos, el país mantiene una institucionalidad sólida, reglas claras y un mercado profesionalizado.” La confianza, la estabilidad fiscal y la infraestructura desarrollada continúan siendo sus principales fortalezas. “Chile puede no ser el mercado más barato, pero sí uno donde las cosas funcionan. Y en Latinoamérica, eso sigue siendo el activo más escaso.”
De cara al futuro, Dunstan proyecta una década de reinvención. “Los próximos cinco años van a separar a quienes solo construyen de quienes realmente entienden cómo cambió la forma de trabajar, invertir y habitar.” El desafío será cultural: dejar de medir el éxito en metros cuadrados y comenzar a hacerlo en experiencia, eficiencia y propósito.
“En los próximos años, el valor no estará en quién construya más, sino en quién construya mejor. Porque la rentabilidad de un proyecto empieza cuando mejora la vida de quienes lo habitan.”





